Una persona comentó que, transitando por una de las avenidas céntricas de la ciudad, se dio cuenta de que caminaba mirando siempre las veredas, el piso; pero no las alturas, las cúpulas.

Esta experiencia es bastante común. Caminamos por la vida evitando pisar suciedades, desniveles, buscando cosas perdidas y nos olvidamos de la belleza de las cúpulas. Estos estilos de mirar no tienen por qué ser excluyentes. Existe un arriba y un abajo; una izquierda y una derecha, un adelante y un atrás. Sin embargo, a pesar de la movilidad que tiene la cabeza, muchas veces optamos por la rigidez.

Se han dado miles de situaciones para que estemos aquí, ahora, haciendo esto. Cada niño que nace es un milagro. A partir de ese instante cientos de vicisitudes lo van modelando y se va transformando. La red social familiar que rodea al niño, tiene sus normas, su sistema de creencias, su filosofía de vida; y todo esto es transmitido de generación a generación. Es común que las familias crean que el niño que nace, para ser uno de ellos, debe tener las mismas ideas, e idéntico sistema de creencias, también la creencia puede ser que no hay que tener creencias. Y en ocasiones esto significa una tendencia, casi natural, de “mirar las veredas, no las cúpulas”; lo negativo, no lo positivo; la desesperanza, no la esperanza; lo que falta, no lo que se tiene o lo que se puede tener. Es decir, caminar con la cabeza gacha, mirando hacia abajo, privándose de otra visión del mundo, una más amplia que incluye la fe, la confianza, la alegría.

Esto que acabamos de describir puede estar ocurriendo en nuestra vida. Estamos cansados de ver siempre lo mismo, no divisar nada nuevo, no vislumbrar un horizonte diferente, alentador, sin embargo seguimos haciendo lo mismo; aquello que hemos aprendido y nos condujo hasta este lugar de insatisfacción. 

Para vivir mejor es vital animarnos a revisar toda nuestra vida y los esquemas con los que se ha formado la misma. El apóstol  Pablo enseña en la Biblia:

“EXAMÍNENLO TODO Y RETENGAN LO BUENO. APÁRTENSE DE TODA CLASE DE MAL.”

(1 TESALONICENSES 5:21-22)

Los seres humanos, somos seres sociales. No podemos prescindir de la sociedad, de la familia que nos concibe, de los médicos, enfermeras y obstetras que nos ayudan a nacer, del afecto y la atención necesaria para crecer y desarrollarnos. Un recién nacido que es abandonado muere. Mucho de lo que recibimos de esta vida en sociedad es bueno, valioso, y no sólo para sobrevivir. Pero si nos estamos sintiendo mal, si vivimos con esa sensación de angustia y vacío, hay que atender la enseñanza bíblica, de “examinarlo todo y retener lo bueno”.

Para vivir mejor es necesario animarnos a revisar los mandatos aprendidos, ese sistema de creencias que no solemos cuestionar por miedo a salirnos de lo “establecido”, al castigo, o al qué dirán. Porque si no hacemos esto, si no ampliamos nuestra visión del mundo y descubrimos su variada gama de colores, difícilmente podremos vivir mejor. Y seremos nosotros, no otros, responsables por ello.

En este punto se produce el conflicto: ser o no ser, dirá Hamlet.

Vivir aceptando todo lo que hemos aprendido, todo lo que los demás esperan de nosotros, todo lo que la sociedad sugiere e impone, o animarnos a descubrir nuestra auténtica finalidad, aquello para lo que Dios nos ha creado.

Frente a esta realidad llega el angustiante momento de la toma de decisiones. Pero no es fácil decidirse así como así. Detrás de nosotros hay toda una historia. Sabemos que tenemos recursos porque los usamos diariamente y conocemos donde los usamos. Pero, si revisamos, si cambiamos, ¿con qué nos vamos a encontrar? Entonces, miles de voces, incluyendo la nuestra, dicen, ¿por qué mejor no seguir así? Y la respuesta es: “porque dentro de nosotros hay algo que no está bien, algo que crea desasosiego, que cuestiona: ¿esto es todo?”

Conscientes de esta verdad y aunque disguste, hay que decidir, mejor dicho, hacerlo de manera consciente, porque decisión siempre existe.

Para vivir mejor hay que tomar decisiones consciente y selectivamente. Descartar aquellas cosas, nuestras y de la sociedad, que nos limitan u obstaculizan. Tomar y desarrollar aquellas que Dios provee para que vivamos con propósito y felicidad.

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*Extracto del folleto “Vivir Mejor” de CPTLN-Chile

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