Cuando somos observados por ojos ajenos, que al mismo tiempo son como los nuestros, vivimos momentos especiales, reveladores. Es como un encuentro con otro yo, sin que ese yo sea idéntico, un “alma gemela”. Es otro yo, porque se pone en nuestra piel como si fuéramos nosotros mismos; pero al mismo tiempo mantiene su personalidad. Por ello hay mucha riqueza en el trato con el amigo, su mirada diferente y amorosa revela y enriquece.

Los amigos son como un espejo que devuelve algo más que la simple reproducción de nuestra imagen. Es una imagen con mayor perspectiva, pero con el cuidado que nosotros mismos pondríamos al mirarnos.

La contemplación de un amigo, sumada a la propia, ayuda a percibir mejor la realidad.

La contemplación es un camino abierto hacia la verdad personal, la de los demás y la de Dios. Eso lo expresa muy bien el escritor español Lorenzo Silva en una de sus novelas. Escribe: “El mundo está lleno de tesoros sin descubrir porque no hay quien se pare a mirarlos. Pero en cuanto hay alguien que se detiene ante ellos, se abren ante esa persona como una maravillosa realidad llena de riqueza y significado ofreciéndole nuevos horizontes”. Eso es exactamente lo que pasa con las personas.

Para ser amigos hay que saber contemplar. Observar con una mirada limpia, sin prejuicios, para captar lo que hay y no lo que hemos puesto. Mirar pero no para ver lo que quiero ver sino para percibir las cosas o las personas tal como son. Sin esa condición nunca sabremos lo que es una verdadera amistad. Nunca llegaremos a saborear la inmensa alegría que produce esa identificación con el otro, ese compartir la vida, los sueños, los deseos, los fracasos. Si no poseemos esa capacidad de mirar habrá siempre en el amigo una zona de acceso prohibido o  “reservado”.

Para mirar así, para contemplar hay que detenerse, parar la rueda de la actividad exterior y parar también nuestro ruido interior (qué tengo que hacer luego, me está esperando mi jefe, conseguiré cerrar un buen trato con este cliente…). Para mirar así hay que perder el miedo a “pasar tiempo” sin haber sido “eficaces”.

Contemplando se encuentra la llave interior de las personas. Esa llave de la confianza que uno entrega sólo cuando va a saberse visto, aceptado y querido como es.

Dios es quien nos mira, quien nos contempla de esta manera. Él tiene esa maravillosa capacidad de vernos con nuestras flaquezas y nuestras miserias, con nuestras virtudes y nuestras alegrías. Y, sobre todo, de amarnos como somos.

La Biblia dice:

“El Señor mira desde el cielo y ve a todos los hombres; desde el lugar donde vive observa a los que habitan la tierra; él es quien formó sus corazones.” (Salmos 33:13-15)

Dios es el espejo en el cual nos vemos reflejados con claridad, sin desvirtuar lo que somos. Esta mirada aguda y amorosa de Dios permite captar la realidad de nuestra vida. Esta imagen que Dios nos acerca es esencialmente una invitación al diálogo, al conocimiento mutuo, al enriquecimiento mediante el camino de la fe…

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