En el curso de la historia de la humanidad, los diferentes pueblos y culturas han engendrado hombres que sobresalieron entre sus contemporáneos. Muchas de estos grandes hombres aparecen en los diccionarios enciclopédicos o en obras literarias, porque hicieron algo que los hizo trascender y pasar a la posteridad como triunfadores. Podríamos nombrar conquistadores, científicos, artistas, inventores, deportistas, políticos, estadistas, líderes…

Estos personajes, admirados a través de los tiempos, no sólo alimentaron un sueño, sino que estuvieron convencidos de poder realizarlo y decidieron no desmayar en el empeño.

Uno de los secretos de los triunfadores es, sin dudas, cultivar el optimismo. Lo tenían incorporado a su manera de actuar. Sobresalían por estar cargados de ánimo, con buena disposición y marcados por una firmeza inquebrantable.

La vida de aquellas personas que hicieron grandes aportes a la humanidad se caracterizó por una existencia plagada de adversidades que superaron con la pujanza que genera el optimismo.

El optimismo crece en el interior de las personas. Se cultiva en el terreno fecundo del espíritu. Cuando germina implica una fuerza superior en el hombre. Da la seguridad que se puede, que es posible cualquier propósito por difícil que parezca.

Las personas impregnadas de esa cualidad tienen más posibilidades de lograr sus objetivos, porque están seguras de sí mismas. Esta confianza no consiste en pensar que son más, que saben más o que están por encima de todos; radica en creer que pueden cumplir sus propósitos.

Si usted considera que está vencido, es probable que así resulte. La predisposición a fallar lo hace vulnerable psicológica y físicamente. En cambio, si cree que puede, si se siente seguro de sí mismo, se animará a fijarse objetivos y podrá alcanzarlos.

Es cierto que, en esta lucha que es la vida, todos perdemos batallas. Pero el optimista nunca las pierde antes de luchar. Incluso, cuando ocurre lo peor, acepta que esta vez perdió y que probablemente haya sido mejor así. Pero aprende de lo vivido y se prepara para la próxima ocasión.

El pesimista, por el contrario, piensa que seguramente perderá la batalla. Entra al combate vencido. Al ver la dificultad no actúa ni hace el esfuerzo, no cree que el triunfo sea posible y pierde batallas que podría ganar.

No se deje vencer ni se dé por vencido antes de luchar. Usted posee armas poderosas y puede diseñar estrategias efectivas. Puede contar con el apoyo de compañeros y seres queridos que sumarán sus fuerzas. Y, además, Dios está dispuesto a brindarle el poderoso armamento de la fe. ¡Luche, insista, pruebe! Si resulta vencido aprenda y vuelva a intentarlo. La victoria puede estar más cerca de lo que piensa.

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